El debate que crece en Colombia: ¿los estadios ya no son para jugar fútbol?
Mientras los conciertos dejan millones y colman los estadios, el fútbol colombiano sigue perdiendo espacio en sus templos.

La discusión aparece cada cierto tiempo, pero nunca había tomado tanta fuerza como ahora: ¿los estadios deberían destinarse solo al fútbol o es válido que también se usen para conciertos y grandes espectáculos? El debate, lejos de ser una simple diferencia de opiniones, evidencia tensiones entre deporte, economía, cultura y gestión pública.
Para algunos, se trata de identidad —“el estadio es para el fútbol”—; para otros, es una decisión práctica que le trae beneficios económicos a las ciudades gracias al impacto de los eventos musicales. En medio quedan hinchas molestos, administraciones bajo presión, clubes que pierden disponibilidad de su casa deportiva y artistas que necesitan espacios de gran capacidad. Es una ecuación compleja que aún no tiene respuesta definitiva.
Un negocio que supera al fútbol
Más allá de la nostalgia o del purismo, las cifras pesan. Los estadios generan ingresos tanto por el fútbol profesional como por los conciertos, pero estos últimos, según expertos y operadores, representan ganancias mucho mayores.
Un solo concierto puede dejarle a la ciudad ingresos que un semestre entero del torneo colombiano no iguala. Para las administraciones, prescindir de esa fuente es renunciar a un motor económico clave: impuestos, empleo, comercio y visibilidad. Por eso la programación cultural ha ido ganando espacio en estos escenarios.
Solo un club tiene estadio propio
A diferencia de Europa o Estados Unidos, en Colombia los estadios no son de los equipos. Con excepción del Deportivo Cali, ningún club es dueño del suyo. El Campín no pertenece a Millonarios ni a Santa Fe; el Atanasio no es del DIM ni de Nacional. Esto deja a los clubes completamente sujetos a las decisiones de las alcaldías.
